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Una familia pionera


Como nueva madre allá en el año 1962, me sentí colmada del deseo de proporcionar a mi hijo la mejor educación, una educación que le ayudara a llegar a ser un miembro de la sociedad, temeroso de Dios y respetado por sus semejantes. Había leído las biografías de Abraham Lincoln, Benjamín Franklin, David Livingston, Albert Schweitzer, Thomas Edison, y varios otros, y me sentí especialmente interesada en los pocos detalles que quedan registrado en cuanto a la infancia y juventud de Cristo. Un día se me ocurrió la idea de que lo que más tenían todos estos personajes en común era que su educación había sucedido en casa, a manos de sus padres. Me impresionó que cuando Cristo enseñaba a la gente, algunos decían “¿De dónde sacó éste tantos conocimientos sin haber estudiado?” (Juan 7:15 NVI. La versión de Goodspeed, dice “‘¿Cómo puede este hombre leer?’ dicen ellos, ‘si nunca ha asistido a la escuela'”).

Siendo que mis padres hacían viajes frecuentemente, mi propia educación formal fue algo inconstante. Un surtido de media docena de años los pasé en aulas de diversos colegios y a los 17 años de edad aprobé un examen de validación de educación media y entré al colegio superior. Ya estaba acostumbrada a averiguar las cosas por mi misma, así que no fue difícil ayudar a mis hijos (tuve cinco) a aprender a leer, escribir y calcular. Pero tratando con parientes que me criticaban y explicando a personas desconocidas la razón por qué mis hijos no asistían a la escuela no fue tan fácil. Después de un tiempo fue más fácil comprar currículo y hacer clases. Entonces podíamos decir que los niños estaban en un programa escolar privado, y facilitaba la conversación en cuanto a distintos cursos y asignaturas.

Al principio no nos dimos cuenta, pero en eso perdimos lo que había sido el gozo de aprender en casa. La presión de nuestros semejantes nos había conducido a adoptar métodos del colegio, aún cuando manteníamos a los hijos en casa. Probé varios programas y currículos, a veces componiéndolos yo misma.

Pero también me comencé a desanimar, a preguntarme si no sería mejor mandarlos a la escuela. Por cierto, los niños estaban aprendiendo, aunque en general no era lo que se encontraba en los libros de texto. Realmente evitaban los estudios de texto y nunca terminaron ningún curso.

Mientras tanto, hacíamos cosas como caminatas al campo, identificación de árboles, flores silvestres, bichos, hongos, etc. (vivíamos en el campo). Llegaron a ser clientes favoritos de la biblioteca. Cuando el trabajo de papá lo llevaba a otra parte, viajábamos con él. Visitamos lugares históricos como sitios de batallas de la independencia, lugares de interés científico como un cráter meteórico. También los niños nos ayudaban en el negocio casero. Por algunos años mi marido manejaba un negocio de imprenta. Los niños ayudaban en varias de las tareas que les era más fácil, y al crecer aprendieron a manejar algunas de las máquinas impresoras. A veces hasta ayudaban en la redacción, haciendo las correcciones de gramática.

Cuando el mayor contaba unos 13 años, le pidió al abuelito que lo dejara probar si podría arreglar una vieja camioneta que había sido abandonada. Le sacó el motor, de a poco juntó el precio para comprar un motor reacondicionado, lo instaló, arregló otras partes y, después de varios años y con ayuda de los dos abuelos, de tíos y otros, por fin lo hizo funcionar. Al cumplir los 18 años, el abuelito se lo regaló, y todavía funcionaba unos diez años después cuando lo vendió.

Habían ocasiones en que yo tuve que salir de casa a trabajar, ya sea ayudando a los ancianos en la comunidad o haciendo ventas de jabones y escobas de puerta en puerta. Casi siempre los niños me acompañaban. Pensaba que éstas eran intrusiones a sus estudios y los distraía de sus tareas escolares. Sin embargo, estas actividades eran tan prácticas e importantes en la adquisición de habilidades para la vida adulta que yo no veía cómo podría limitarles esas experiencias y reemplazarlas con más tareas escolares. A medida que los niños menores me ocupaban más y más, los hijos mayores comenzaron a buscar empleo fuera de la casa, y yo traté de no pensar en lo que iba a resultar. Me preguntaba si las horrendas predicciones de los parientes iban a venir acabo.

Cuando el mayor cumplió los 16 años, comenzó a trabajar en la cuadrilla forestal de su tío. A los 18 años cuando ya contrataban en otros estados, decidí que sería mejor si mi hijo concluyera formalmente su período escolar, en el sentido de ingresar al mundo adulto. Debería rendir la prueba para aprobar el último año de educación media. A la verdad, esto me preocupaba a mí más que a él. ¿Aprobaría? ¿Conocía lo suficiente de la materia para demostrar capacidad y sacar una buena nota? No teníamos ninguna comprobación, ni notas, grados, documento oficial, o libros de texto completados. Nos quedamos sorprendidos cuando logró una nota mayor al 90% en relación a los demás que rindieron la prueba. ¡Se había validado el aprendizaje en casa! Fue la primera comprobación para nosotros.

Casi todos nuestros hijos han rendido el mismo examen con resultados similares. Tres de ellos asistieron a colegios superiores. A uno se le ofreció una beca de parte del negocio donde trabajaba, pero él lo rechazó. “¿Para qué voy a gastar el tiempo estudiando en el colegio lo que puedo aprender trabajando y ganando?” dijo. Ahora tiene un puesto como gerente de un gran hotel, lo que por lo común requiere al menos un magíster. Obtuvo el puesto careciendo de educación formal alguna, por tener intacta su habilidad de pensar creativamente y de proponer ideas originales en beneficio del negocio.

Nuestros hijos han trabajado en varias ocupaciones y no temen cambiar a otra si les parece mejor. Siempre siguen aprendiendo. Entre los cinco han sido: técnico electrónico para una estación televisora, gerente de su propio negocio (varios), trabajos forestales (dos), artista en loza, costurera, artesano en joyas y oro, pastor de iglesia, cajera en un negocio, gerente de proyecciones para una cadena de negocios, ayudante en una pizzería, mecánico de máquinas diesel, empaquetador, trabajador en fábrica de aluminio, diseñador de programas para computador, técnico y diseñador de páginas web, modista, contratista en prados institucionales. Sus éxitos nos han inspirado con confianza para rechazar firmemente la idea social en cuanto a la importancia de las experiencias educativas estructuradas. Siempre los dejé libres para pensar por sí y aprender lo que querían, aún al sentirme culpable por no obligarlos a hacer las tediosas tareas escolares.

En nuestra familia el trabajo es importante, y el jugar también lo es. Se apoya el empeño por adquirir conocimiento y destreza, pero el concepto de “escuela” es una idea ajena. Nada de lo que pasa en el hogar se asemeja al estudio formal, con excepción al rendimiento de las pruebas de fin de año. En éstas, los niños se sacaban las mejores notas, y en general se mostraban adelantados dos o tres grados más que otros de la misma edad. No es porque a las pruebas se debiera considerar de tan alto valor para las familias escolares.

La calidad de su vida, sus éxitos, la confianza en si mismo, la felicidad que sienten—éstos son de mayor valor en la determinación del grado de éxito que han logrado como estudiantes en casa. Pero las pruebas y los exámenes son mejor comprendidas por los educadores profesionales, y también los abuelitos los encuentran menos subjetivas que nuestra propia opinión. Por lo menos éstas le muestran que los niños están recibiendo realmente una educación “equivalente” al que recibirían en un colegio.

No creo que mi familia sea muy diferente a otras. Nuestros hijos peleaban, había que animarlos a completar el lavado de loza, se quejaban si tenían que escribir cartas de agradecimiento, y se olvidaban de alimentar al perro. Pero por otro lado, comprendieron mucho en cuanto a la biología, la química, y la física porque ellos lo vivían diariamente. Al no estar encerrados en aulas escolares, conocían y discutían las noticias del día, y conocieron mucho en cuanto a la historia, sociología, geografía y política. La historia era importante porque, como a todos los niños, a ellos les gustaba las historias y especialmente las de personas y lugares relacionados a ellos. Por ejemplo, la visita que hicimos a un lugar histórico les fue más interesante al saber que uno de sus antepasados figuraba en la historia de ese lugar. Y después, al leer cierto capítulo de la historia del país, lo encontraron de mayor interés al recordar la visita que hicieron a ese mismo lugar.

Poco a poco he desarrollado una filosofía en cuanto a la educación: La educación en casa significa que los niños son aprendices de los padres, de sus habilidades y vivencias. Al participar en las actividades normales de la vida, al aprovecharse de las experiencias que forman parte de la vida diaria, al tomar parte en las actividades e intereses de sus padres, los niños aprenden mucho que es necesario para sobrevivir en nuestra sociedad. Aprenden habilidades sociales apropiadas al observar a los adultos interaccionando con los demás. Aprenden a leer, escribir y calcular porque sus padres usan estas habilidades diariamente—del mismo modo en que aprendieron a hablar y a caminar. Sin libros de texto, sin clases, pero mediante el ejemplo y el ánimo proporcionado por sus padres, los niños han aprendido todo lo que necesitan saber para entrar a la universidad, ocupar un puesto, contraer un matrimonio y fundar su propio hogar.

Una vez expresé temor a mi esposo de que los niños no hacían tareas de composición. No hacían resúmenes de libros leídos, aunque daban detallados repasos en forma oral de lo que estaban leyendo (al preguntarles de qué se trata el libro que leían, uno podría pensar que les iban a contar en sus propias palabras el cuento entero), pero parecía que no se interesaban en escribir composiciones o ensayos como se hace en el colegio.

Pero él me contó de las muchas hojas de notas que escribía en el computador el hijo que entonces tenía 13 años, delineando su esquema para lo que ahora llamaríamos una página web. Y ya llevaba unas 400 líneas escritas para una programación de software. Concluimos que si nuestros hijos tenían algo para comunicar, estaban bien equipados para hacerlo.

No les hice practicar la ortografía, sin embargo parece que lo descifraron bien por su cuenta. Claro que tampoco les hice ensayar el caminar, pero también lo amaestraron. Una tarde el hijo que entonces tenía 9 años me preguntó cómo se escribía la palabra “inspector”. Me dijo que no parecía bien cuando lo escribió como “impector”. Sin embargo, otro de los hijos aún tiene problemas con la ortografía, pero tiene bastante habilidad mecánica. Por supuesto que también existen grandes diferencias de habilidades y de éxitos, hasta en el colegio. En el hogar se puede aceptar nuestras diferencias, mientras que en el colegio se espera que los niños sean estandarizados.

Como madre, he esperado mucho de mis hijos. Además de las tareas cotidianas (lavar la loza, limpiar el patio por ejemplo), y leer los libros que ellos seleccionaban, esperaba que nos hicieran preguntas en cuanto a lo que les interesaba. Esperaba que averiguarían la manera de hacer cualquier cosa que quisieran hacer. Uno decidió aprender otra lengua. Le conseguí algunos libros infantiles en ese idioma, llenas de dibujos. Su hermano quería abrir una cuenta de ahorro bancaria. La próxima pregunta: ¿Qué significa “interés compuesto”? Ya había discernido el significado de “interés” y sólo necesitaba una explicación de ciertos términos como “compuesto diario” y “compuesto anual”.

He aprendido que no vale la pena decirle al niño más de lo que desea saber. Mejor ahorrarse el aliento. Pero hay mucho que ellos desean saber, y mientras siguen haciendo preguntas, siguen aprendiendo. Las diversas áreas de aprendizaje quedarán bien repasadas, ya que se trata de lo que ellos comprenden les es necesario y deseable de conocer. También jugando se aprende mucho, y el juego es el trabajo propio del niño. “Enseñar” no fue realmente parte de nuestro horario, pero sí el animar, facilitar, discutir, y “estar con” los hijos, y éstos parecen ser los aspectos más importantes en la vida de las familias escolares. La parte del niño es pensar, razonar, investigar, experimentar, y en el proceso de ello, aprenderán. Este tipo de educación es efectivo, completo y cabal porque es aprendizaje por medio del vivir. También es divertido. Por eso lo llamamos Aprendizaje Natural.


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